*Revistas de Estadistica*
|
- Nombre de
la revista: “REALIDAD, DATOS Y ESPACIOS
REVISTA INTERNACIONAL DE ESTADÍSTICA Y GEOGRAFÍA”: http://www.inegi.org.mx/prod_serv/contenidos/espanol/bvinegi/productos/integracion/especiales/revist-inter/revista_num_3/RDE_03.html
|
|
-
Articulo: Sistemas de evaluación del desempeño: dilemas para una implementación
efectiva
- AUTOR: David Arellano Gault, Walter Lepore y Miguel Guajardo
-
EDICIÓN
Vol.2 Núm.2 mayo-agosto 2011 |
EDITORIAL
Saber cómo
vamos es un propósito al cual las oficinas encargadas de generar estadísticas
oficiales destinan una parte muy importante de sus esfuerzos, y con mucha razón,
dado que conocer si la sociedad avanza o no en la dirección deseada y al ritmo
adecuado constituye un insumo fundamental para que quienes dirigen los asuntos
públicos y la sociedad a la que ellos rinden cuentas puedan basar en evidencias
sus valoraciones respecto a las políticas públicas en curso y aplicar las
medidas correctivas necesarias, en su caso, para el apropiado cumplimiento de
los objetivos propuestos.
El
presente número de Realidad, Datos y Espacio. Revista Internacional de
Estadística y Geografía ofrece un conjunto de reflexiones orientadas a mejorar
la capacidad de los generadores y usuarios de información estadística para
identificar adecuadamente cómo vamos en lo social y en lo económico. Los
artículos se derivan de las ponencias que los autores realizaron en el
seminario sobre la medición del progreso y el bienestar social que el INEGI y
el CIDE realizaron de manera conjunta a finales del 2009, el cual estuvo
inspirado en el Proyecto Global para la Medición del Progreso de las Sociedades,
lanzado por la OCDE y, principalmente, por el reporte de la Comisión para la
Medición del Progreso Económico y el Bienestar Social, también conocida como la
Comisión Stiglitz.
La
medición del progreso social pasa por la consideración de la eficiencia en la
generación y en el acceso a bienes y servicios que resultan instrumentales para
el bienestar de las personas y, por supuesto, sobre la medición del bienestar
mismo. Así, entre otros aspectos, supone la evaluación del desempeño de los
programas del gobierno, de la correcta identificación y medición de los ciclos
económicos y del reporte fidedigno del bienestar de los individuos.
El
artículo de David Arellano, Walter Lepore y Miguel Guajardo ofrece un análisis
riguroso de los indicadores de desempeño de las diferentes instancias del
gobierno mexicano; pone especial énfasis en la coherencia técnica de los
instrumentos existentes para ese fin y encuentra que éstos integran un conjunto
desarticulado, desordenado e impreciso, con indicadores insuficientemente definidos,
que no aportan lo que se quisiera a la rendición de cuentas y la asignación de
recursos con base en resultados. En atención a lo anterior, los autores
observan que algunas de las premisas para una evaluación del desempeño a fondo
no se cumplen para el caso de México y se preguntan si lo que procede es seguir
proponiéndose avanzar hacia un sistema integral de evaluación del desempeño o
si es preferible establecer un sistema mínimo de evaluación, menos orientado a
la coerción y más dirigido hacia el aprendizaje.
Uno de los
principales indicadores de desempeño del aparato productivo de un país es el de
los ciclos económicos. La adecuada identificación de éstos en México se ha
hecho posible durante los últimos años gracias a la aparición de indicadores
sintéticos, tanto coincidentes como adelantados, publicados por el INEGI; sin
embargo, es frecuente que, incluso entre los analistas especializados en temas
económicos, los conceptos de recesión, contracción, recuperación y expansión se
utilicen de manera imprecisa o francamente equivocada, por lo cual, el
ejercicio planteado en el artículo de Jonathan Heath resulta doblemente
pertinente dado que a la vez que expone el adecuado uso de los conceptos nos
permite hacer un recorrido por los ciclos económicos de nuestro país desde la
década de los 80 hasta la actualidad y conocer algunas de sus principales
características, como su duración y profundidad. A partir de esta información,
el autor muestra que, contrario a lo que se repitió en innumerables ocasiones en
la prensa, la recesión del 2008-2009 no fue la más intensa de los últimos 30
años dado que las de 1994-1995 y de 1982-1983 resultaron aún más profundas.
El
artículo de Arturo Antón ofrece, también, información sobre los ciclos
económicos; muestra que, en el caso de México, los incrementos en producción
durante la etapa de crecimiento son mucho menores y de más baja duración que en
economías desarrolladas, mientras que las recesiones son relativamente más
prolongadas, aunque no mucho más profundas. Usando información del INEGI, Antón
expone que, en promedio, los ciclos económicos en nuestro país duran cinco años
y que 30% de ese tiempo corresponde a las fases de disminución en la actividad
economica, lo cual contrasta con lo que ocurre en naciones desarrolladas, donde
los ciclos tienen una duración media superior a los ocho años, de los que sólo
13% corresponde a la etapa de caída de la actividad económica. Por otra parte,
contrario a lo planteado por Jonathan Heath, el autor afirma que la recesión
del 2008-2009 sí fue la más severa de los últimos 30 años, aunque para
sustentar esta afirmación hace referencia únicamente a la producción de bienes
y servicios finales y no al indicador compuesto coincidente
(que combina producción y otros indicadores) en el que se basa la afirmación de Heath.
(que combina producción y otros indicadores) en el que se basa la afirmación de Heath.
Las series
de tiempo suelen descomponerse en cuatro elementos: tendencia, ciclo,
estacional e irregular. El análisis tradicional de ciclos económicos, como lo
ha realizado por muchas décadas el National Bureau of Economic Research (NBER)
de Estados Unidos de América (EE. UU.), se hace a partir de la identificación
de los puntos de giro del indicador coincidente, una vez que a éste se le han
quitado los componentes estacional e irregular, lo cual implica que el análisis
se hace a través de la serie de tendenciaciclo del indicador coincidente; sin
embargo, para metodologías como la de la OCDE y la que a partir de noviembre
del 2010 utiliza el INEGI, se hace necesario separar el componente cíclico del
componente de tendencia, para lo cual suele recurrirse al uso del filtro de
Hodrick y Prescott, que es precisamente el eje del artículo de Víctor Guerrero,
quien propone un procedimiento estadístico para fijar el nivel de suavidad
deseado para la tendencia. Dicho procedimiento implica un índice de precisión
relativa que formaliza el concepto de suavidad de la tendencia y se presenta
como alternativa a la práctica común del uso de un valor estándar como
parámetro de suavizamiento. Guerrero argumenta que la ventaja de fijar el
porcentaje de suavidad para estimar la tendencia radica en que permite omparar
series con diferente número de observaciones, una misma serie en distintos
momentos del tiempo e, incluso, series con variadas frecuencias de observación.
La
adecuada caracterización de los ciclos económicos supone el uso de una
diversidad de indicadores de cuya disponibilidad y oportunidad dependen los
agentes económicos para la adecuada toma de decisiones. En este sentido, el
artículo de Luis Foncerrada se propone “…sugerir algunas ideas y
recomendaciones para producir en nuestro país indicadores económicos,
financieros y empresariales que contribuyan a identificar ambios en el ciclo
económico de forma más temprana y estar en mejores condiciones de anticipar
respuestas de política económica que apuntalen el bienestar de la población”.
Estas
sugerencias incluyen, entre otras: generar estimaciones preliminares del PIB
trimestral que compitan en oportunidad con las de EE.UU.; aumentar la oferta de
series económicas desestacionalizadas; crear una plataforma electrónica que
integre los principales indicadores que se generan en el país,
independientemente de sus fuentes; ampliar los alcances de las encuestas de
opinión empresarial y establecer un grupo de especialistas para fijar las fechas
de inicio y terminación de los ciclos económicos en México.
Los ciclos
económicos son importantes para saber cómo vamos, pero no son lo único
importante. En este contexto, como quedó de manifiesto en el número anterior de
Realidad, Datos y Espacio, hay una creciente iteratura que incorpora una
diversidad de aspectos no económicos en la medición del progreso social. Aquí,
el estudio del bienestar subjetivo ocupa una posición muy destacada. El
artículo de Luis Rubalcava utiliza información de la Encuesta Nacional sobre
Niveles de Vida de los Hogares, que permite comparar entre estadísticas
objetivas y subjetivas referidas a variables similares y muestra cómo la imagen
de la realidad que se construye a través de percepciones puede diferir
notablemente de la que se deriva de mediciones objetivas. Por esto, plantea que
ambos tipos de fuentes son, finalmente, complementarias, por lo que se hace
necesario usar con juicio las estadísticas subjetivas en combinación con
estadísticas duras, para así lograr un mejor entendimiento de la realidad y,
con ello, facilitar un adecuado diseño de políticas públicas. En la apreciación
de cómo vamos, resulta sano que haya una pluralidad de voces en la que
participen generadores de información de los distintos sectores de la sociedad.
El artículo de Edna Jaime y Mariana García, luego de reconocer el carácter
multidimensional del progreso social, se concentra en describir “…el papel que
desempeñan las organizaciones civiles como usuarias y generadoras de
indicadores y métricas que permiten evaluar el quehacer del gobierno y su
incidencia sobre el bienestar y el progreso de los ciudadanos”. Las autoras
conciben a las organizaciones sociales como intermediarios legítimos para
transmitir a la sociedad la información del gobierno y hacerle saber a éste el
sentir y las necesidades de la sociedad, y sostienen que dichas organizaciones
juegan un papel muy importante en la generación de mejores estadísticas sobre
bienestar social.
En esta
segunda edición del 2011, Realidad, Datos y Espacio. Revista Internacional de
Estadística y Geografía cierra con una reseña preparada por Aníbal Gutiérrez,
la cual se refiere a un libro recientemente publicado por el Foro Consultivo
Científico y Tecnológico bajo el nombre Midiendo el progreso de las sociedades:
reflexiones desde México donde se presentan contribuciones desde diferentes
perspectivas teóricas y disciplinarias de especialistas radicados en nuestro
país que intentan responder a: ¿qué debemos considerar como progreso en el
siglo XXI? y ¿cómo podemos medirlo? El libro fue coordinado por Mariano Rojas,
uno de los principales líderes en el estudio del bienestar subjetivo en América
Latina.
Sistemas de evaluación del desempeño:
dilemas para una implementación efectiva
David Arellano Gault, Walter Lepore y Miguel Guajardo
David Arellano Gault, Walter Lepore y Miguel Guajardo
Introducción
Este documento pone sobre la mesa una serie de preguntas respecto al
diseño e implementación de los SED. Es importante que tanto los teóricos como
los practicantes de la administración pública comprendan que no es posible
utilizar estos instrumentos si antes no existe un esfuerzo por comprender sus
verdaderos límites y posibilidades. Si no se discuten los supuestos analíticos
y los problemas organizativos para su implementación, es muy probable que un
SED se convierta en un instrumento poco efectivo y, además, costoso.
Para mantener un orden en la discusión, el documento se ha dividido en
tres secciones: en la primera se exploran los supuestos teóricos problemáticos
sobre los que descansa un SED, es decir, las dificultades derivadas de asumir
complicadas cadenas causales, así como los límites que éstas imponen; en la
segunda se presentan los principales retos que se deben considerar para
construir o implementar un SED y se detalla la naturaleza inherentemente
política de estos instrumentos, así como la necesidad de compaginar su uso con
el de la planeación estratégica; en la tercera se comentan algunas conclusiones
generales.
Sistemas de evaluación del desempeño:
dilemas para una implementación efectiva
David Arellano Gault, Walter Lepore y Miguel Guajardo
David Arellano Gault, Walter Lepore y Miguel Guajardo
¿Cuáles son los supuestos teóricos
sobre los que descansa un SED?
Existen varias razones por las que se ha suscitado un interés
creciente en los sistemas de evaluación del desempeño. Una de ellas tiene que
ver con que se siga incrementando la distancia entre las necesidades sociales
que enfrentan los gobiernos y la cantidad de recursos que éstos tienen
disponibles para hacerlo. Esto significa que hoy tienen que atender más
requerimientos con menos insumos.
Otra es que las administraciones públicas deben mostrar capacidad,
avance tecnológico y posibilidades de influencia para mantener un cierto nivel
de legitimidad ante sus sociedades. Por estos motivos, el discurso en boga
—conocido regularmente como Nueva Gestión Pública (NGP)— en una gran cantidad
de países es aquel que vincula de manera directa la legitimidad de los
gobiernos con la obtención de resultados (Arellano, 2004a).
Sea por razones de escasez de recursos o por necesidad de
legitimación, muchas administraciones encuentran en los SED una de sus mejores
esperanzas para tratar de justificar ante la sociedad que se están obteniendo
resultados y cambios positivos gracias a la acción gubernamental; no obstante,
debe quedar claro que esta perspectiva está cimentada en una cadena de
supuestos que tienen que ser explicitados y que, como analizaremos, no son tan
evidentes ni lineales. Específicamente, detrás de los SED se encuentra la idea
de que los problemas públicos pueden ser traducidos en otros de política
pública —es decir, manejables por la acción gubernamental—, por lo tanto, donde
existen las técnicas necesarias para diseñar mecanismos de intervención; y, por
último, que estas intervenciones son capaces de modificar la realidad en forma
controlada, dirigida a efectos definidos ex ante con
relativa precisión.
Lograr que la acción gubernamental tenga estos niveles de
precisión de diseño y de implementación no es tan evidente; para transformar
las circunstancias de una realidad que genera una serie de problemas públicos,
sería preciso controlar una amalgama informe de relaciones y causalidades con
el fin de crear una serie de efectos coordinados que produzcan la realidad
pensada en el diseño de la política. Esta construcción racional de soluciones a
problemas públicos se sostiene gracias a la idea de que la actuación
gubernamental tiene a su disposición poderosos instrumentos: organizaciones y
programas gubernamentales dotados de recursos que se encargarán de llevar a la
práctica el diseño (Brunsson, 1993).
Ésta es la retórica que llena la esperanza de la política y la
gestión pública contemporánea, retórica no en sentido despectivo, sino en su
aspecto estricto: arte de convencer y conmover. Sin duda que esta retórica
devenida de la NGP está sustentada en la esperanza de que las acciones y
decisiones racionales son posibles de construir desde la arena gubernamental
para construir soluciones a problemas públicos ingentes.
Es a partir de esta esperanza que se construyen importantes y
sofisticados instrumentos que, muchas veces, se implementan sin debatir los
supuestos. Surge, de esta forma, una avalancha de estos dispositivos,
entre los cuales es posible citar: el presupuesto (por programas, base cero,
por resultados), las políticas, las regulaciones, las intervenciones, las
organizaciones gubernamentales, los servicios civiles, los planes estratégicos
y operativos, los marcos lógicos, la administración por objetivos, los
controles de gestión, las clasificaciones, las buenas prácticas, elbenchmarking y
tableros de control.
Estos instrumentos, en general, construyen una promesa de que
existe un camino racional para tratar los problemas públicos, que va —palabras
más, palabras menos— del problema al diseño, a los mecanismos, a la
intervención y, finalmente, al resultado esperado. Los SED son una de estas
nuevas herramientas que, justamente, proponen sumar una gran cantidad de
técnicas y modelos para llegar a un mecanismo capaz de integrar desde la
intención de los objetivos hasta los resultados concretos medibles de la acción
gubernamental.
Es evidente, entonces, que la cadena de supuestos que subyacen bajo
el funcionamiento de los SED es bastante larga y compleja. Por este motivo,
cabe preguntarse: ¿es realista este gran supuesto de cadenas causales de
intervención que luego son posibles de medir en resultados concretos y simples?
Los estudios de Selznick (1966), Merton (1980), Crozier (1964),
Wildavsky (1993), Christensen y Laegrid (2007), Sfez (1984), Cabrero y Arellano
(1993), entre una muy larga lista de otras investigaciones desarrolladas en
diversas realidades, tiempos y latitudes, muestran que si dicho camino causal
existe, es muy difícil de identificar empíricamente y luego demostrar que
produce resultados que, de alguna manera, sean explicables por decisiones y
diseños racionalistas.
Muchos de estos estudios revelan cómo los problemas sociales y aquellos
que llegan a ser definidos como problemas púbicos son creaciones o
construcciones de los propios agentes y de quienes toman decisiones y no sólo
construcciones racionales o técnicas elaboradas en los escritorios de los planificadores o tomadores de
decisiones. En este sentido, como construcciones, los diseños de política
pública traen ineludiblemente aparejadas teorías y, por lo tanto, ideologías,
es decir, lógicas causales normativas que se justifican por razones políticas y
agendas que no siempre están claras ni son explícitas.
Además, muchos de estos autores muestran que los fines y los
mecanismos están en disputa: diversos actores, con distintas capacidades de
actuación, argumentan y dan sentido a los mecanismos de acuerdo con
preferencias, dinámicas políticas, en un marco de racionalidad limitada (Simon,
1947).
La complejidad se multiplica aún más si se considera que las
organizaciones y los programas gubernamentales son criaturas instrumentales,
pero poco maleables, difíciles de manipular, como robots sociales, pues de
nuevo aparecen seres humanos actuando en escenarios (Goffman, 1967),
construyendo sentidos (Weick, 2001), interrelacionándose por roles que crean
estatus y vinculaciones complejas que hacen posible la propia interacción
(Berger y Luckmann, 1968). En síntesis, es claro que la esperanza causa-efecto
de los problemas sociales es una verdadera cadena de supuestos difíciles de
sostener empíricamente.
Sin embargo, a pesar de lo difícil que puede ser sostener una
postura racionalista para los problemas sociales, la esperanza sigue viva. Es
probable que una noción de básico sentido común se dispare para reconfortarnos
socialmente. De otro modo, tendríamos que admitir que, como seres humanos,
somos incapaces de controlar por completo la manera en cómo aceptamos nuestro
entorno, pero al observar la realidad social es imposible negar que los
gobiernos tengan el poder de afectar la vida de mucha gente, de movilizar
variables económicas, de sostener o cambiar reglas y normas, de aplicar la coerción
como mecanismo para obtener obediencia.
Puede ser que las cadenas causales no sean precisas o que
reproduzcan en un entorno de elevada complejidad, e incluso se podría aceptar
que tienen lógicas perversas (Harmon y Mayer, 1999), pero es innegable que dichas
cadenas existen y que los gobiernos tienen la capacidad de afectarlas. Es
probable que sea en este marco analítico más realista donde se deba comprender
a los SED.
En todo caso, parece sano que al tratar el tema de los sistemas de
evaluación del desempeño se tenga que tomar distancia de las visiones
optimistas y sistémicas. Un SED difícilmente puede ser un esquema racionalista
completo, de cadenas causales técnicamente diseñadas, alineadas de forma
perfecta, así como construidas por un acuerdo lineal con consensos perfectos y
marcos teóricos unívocos y acordados.
Más bien, un SED requiere ser entendido como un instrumento que
opera en una realidad social que no puede ser perfectamente simplificada o
modelada. Es preciso reconocer que, probablemente, es un dispositivo útil pero,
al mismo tiempo, limitado por la propia complejidad que intenta capturar y
simplificar en una serie de cadenas causales controlables de manera relativa.
Por este motivo, se propone que el SED sea comprendido, antes que nada, como unproxy, es decir, como una aproximación
imperfecta de las cadenas causales que se vinculen desde los problemas hasta el
impacto, con una finalidad relativamente clara que es, a la vez, objetivo,
esperanza, ideología, legitimación y mecanismo de aprendizaje y de rendición de
cuentas.
Es precisamente el propósito de un SED, el cual debe ser construido con
gran precisión porque no se le puede exigir que arroje mediciones precisas del
desempeño de los gobiernos, pero sí que se convierta en un mecanismo a través
del cual se expliciten los supuestos y valores que llevan a un argumento de
cadenas causales, que van desde definir el problema, como primer eslabón, hasta
decidir las opciones de intervención. Todo esto con dos objetivos básicos: 1)
Facilitar el consenso al alinear objetivos y 2) Rendir cuentas con mayor
transparencia a la sociedad.
Para sintetizar la discusión, es preciso señalar que son tres los
argumentos que sostienen una visión contraria a la idea de un SED técnicamente
exacto y puro:
- La realidad social es una construcción de actores diversos, muchas
veces en disputa, dispuestos a entrar en conflicto y usar el poder para
imponer su propia versión de lo que es un problema viable o necesario de
atacar.
- Esa realidad social que se quiere impactar se genera por efectos e
impactos que devienen de la acción de múltiples fuentes, acciones y
propósitos de diferentes actores y circunstancias.
- Las cadenas casuales se sostienen sobre teorías que tienen
supuestos y axiomas, elementos que intentan explicarnos y convencernos de
que existen variables más importantes que otras.
Por estas razones, un SED no es una fotografía lineal de las
causalidades; tampoco será nunca un instrumento técnico que pueda ser replicado
de la misma forma por distintas personas en contextos distintos; difícilmente
será neutral para llegar al acuerdo perfecto entre los actores. Bajo ninguna
circunstancia develará la verdadera causalidad de la realidad y, por lo tanto,
no es infalible, es decir, lo que se dice que sucederá con la acción no
forzosamente será realidad y no necesariamente esto se deberá a errores o dolo
de los actores gubernamentales; por último, no es una secuencia lineal
objetiva, ni de problema, ni de las cadenas causales de la acción
gubernamental, ya que siempre hay alternativas desechadas o no consideradas.
Lo que sí se puede afirmar es que un SED es una herramienta para el
diseño y evaluación de programas u organizaciones que hacen explícitos los
supuestos, teorías y axiomas para definir y defender de manera transparente una
posible cadena causal que va de la definición del problema a los instrumentos,
a las acciones, a los productos, a los resultados y, por último, al impacto.
Todo esto es con el fin de generar un mecanismo de rendición de cuentas
inteligente que se base en el aprendizaje organizacional.
Es evidente que el gran agregado visual de un SED está en la observación
y medición de los elementos para evaluar el logro de la actuación de un
programa u organización, pero sería muy limitado pensar que ésta sería su única
dimensión útil. El argumento fundamental podría ser: la observación y medición
del logro es importante porque es un salto cualitativo en la acción
gubernamental tradicional; sin embargo, dicha medición es sólo una parte de los
beneficios que un SED en realidad aporta. La utilidad más grande está en la
capacidad del SED para hacer explícitos los supuestos, axiomas y cadenas
causales razonadas que permiten entonces el análisis y la discusión entre los
diferentes actores involucrados en una política gubernamental.
Como mecanismo de evaluación, el SED tiene limitaciones y
potencialidades. La principal limitación es que será de poca utilidad para
evaluar de forma objetiva los resultados de un programa u organización, es
decir, permitirá estimar a través de indicadores o proxies la
fortaleza de los argumentos e instrumentos, y los resultados observables podrán
ser tomados en consideración dependiendo de la fortaleza de dichos proxies.
En otras palabras, la evaluación que se puede hacer con un SED no es pura ni
absoluta, no permite hacer juicios sumarios de bueno o malo, blanco o negro, y
ésta es, justamente, la base de su gran potencial como instrumento.
Entonces, con el SED es posible hacer una evaluación argumentada sobre
la fortaleza de los supuestos, de las cadenas causales y de la calidad de
los proxies. Es paradójico que el proceso de su construcción
termine siendo más importante que el producto final. Después de todo, el SED
puede ser un instrumento poderoso para evaluar lo que sí es posible evaluar: la
fortaleza de los argumentos, la medición de los proxies, la solidez
de las inferencias sobre el impacto y los resultados.
Es importante que al analizar instrumentos como los SED no se olvide
incluir, como un factor explicativo de gran relevancia, a las relaciones de
poder entre los actores implicados en su construcción e implementación. Las
organizaciones son construcciones sociales y humanas útiles para alcanzar
objetivos colectivos y sociales, bajo una dinámica de cooperación y
coordinación; no obstante, no son mecanismos sociales dóciles o sencillos de
dirigir. En este sentido, se debe tener claro que, al ser implementado por
organizaciones, los SED se convierten en una herramienta política en primera
instancia (Crozier, 1964; 1989).
En una democracia, la política puede ser visualizada como la arena en la
que los actores políticos entran en conflictos relativamente ordenados, con el
objetivo de ganar el poder a través de elecciones. El esfuerzo realizado
implica que al salir victoriosos pueden plasmar en la realidad su proyecto; sin
embargo, para abordar el tema político, en el tema que nos ocupa, será
necesario entender su desenvolvimiento en niveles diferentes al señalado con
anterioridad y distinguir entre el contexto micropolítico y el nanopolítico.
El micropolítico no se refiere a la batalla entre actores políticos y
partidos, sino a los procesos de conflicto y negociación entre actores
políticos y burocracias y entre estas mismas, es decir, lo que se conoce en la
literatura especializada como conflicto interorganizacional; en cambio, la
lógica nanopolítica es aquella que se da en el contexto de los conflictos
intraorganizacionales, es decir, entre los diferentes grupos, equipos y actores
que forman la organización propiamente dicha.
En efecto, un SED es un proyecto de reforma administrativa dirigida a
legitimar al grupo en el poder; también, es una herramienta que se discute y
construye de manera particular en diferentes organizaciones, con diferentes
fines en cada una. A la vez, deberá ser interpretada dentro de cada
organización para ser implementada según los cánones y sentidos de ésta; en las
tres esferas, un SED se encontrará construido en su lógica técnica y en su
dinámica política.
El marco que se discute con mayor facilidad es el técnico porque supone
la existencia de mecanismos o conceptos de debate compartidos por una cantidad
importante de actores políticos y sociales. Previo a esto, existe una
controversia sobre los fines, valores o conceptos que se deberán considerar.
Olvidar el componente político que está en juego en la creación e
implementación de un programa gubernamental significa ignorar un segmento de la
realidad social de gran relevancia para elaborar un SED.
La construcción de los SED implica comprender a una organización como un
sistema que transforma insumos en productos a través de uno o varios procesos.
Dichos productos generarán ciertas reacciones, cambios o afectaciones
(resultados) en el contexto (Banco Mundial, 1996). Se espera que éstos puedan
modificar eventualmente la naturaleza de la misma trama; dicho de otra manera,
las organizaciones establecen un proceso que genera una serie de productos, los
cuales son entregados como resultados a un contexto o realidad, buscando lograr
impactarla o cambiarla
No hay comentarios:
Publicar un comentario